
Las historias que me enseñaron a querer mi propia autonomía

Mucho de lo que sé sobre autonomía no lo aprendí leyendo sobre finanzas. Lo aprendí observando a otras mujeres y analizando las distintas maneras en las que se relacionaban con el dinero. Algunas ahorraban, otras no sabían cuánto ganaba su pareja, algunas construían una vida en equipo y otras hacían de la autosuficiencia una forma de protegerse.
De todas sigo aprendiendo. Cada historia reafirma lo que quiero construir para mí y me hace pensar en lo que prefiero hacer diferente.
Lo que aprendí de un frasco con monedas
Me siento muy afortunada de haber crecido en un hogar en el que mi mamá me enseñó desde muy chica el valor de trabajar, seguir tus pasiones, tener tu propio dinero y aprender a ahorrarlo, aunque en ese momento yo no supiera todo lo que estaba aprendiendo.
Un gran recuerdo que conservo es verla guardar las monedas de 10 pesos en un frasco de vidrio. Al final del año, las contábamos y ella decidía qué hacer con ese dinero. Un año, esas monedas se convirtieron en nuestro pinito de Navidad.
Puede parecer algo pequeño, pero incluso siendo niña recuerdo lo importante que fue para mí verlo. Entendí que ahorrar no siempre tiene que sentirse como un sacrificio. Puedes guardar un poco hoy, otro poco mañana y con el paso de los meses, usar ese dinero para algo que querías. Además, aprendí que tener algo propio no solo te da la libertad de decidir qué hacer con él, puede darte el gusto de compartirlo con las personas que quieres. Ese año, el ahorro era suyo, pero la ilusión de ver el pinito en casa fue de todos.
Lo que otras historias me hicieron cuestionar
Otros aprendizajes llegaron de mujeres cercanas o de situaciones que, aunque no me ocurrieron directamente, me hicieron preguntarme qué haría yo. Vi, por ejemplo, a mujeres que por miedo a incomodar o porque confiaban en que las cosas siempre estarían bien, nunca preguntaron a su pareja cuánto ganaba o cómo estaban realmente las finanzas de su hogar. Al verlo, no podía evitar pensar: «¿Qué pasaría si algún día algo cambia?».
Porque las circunstancias pueden cambiar. Puede haber una separación, una enfermedad, una pérdida de trabajo o cualquier otra situación que transforme tu vida de un momento a otro. Para mí, la lección está en que depender económicamente de alguien no tendría por qué significar permanecer al margen de las decisiones financieras que afectan tu vida.
Saber cuánto entra, cuánto sale, qué se tiene, qué se debe y a qué recursos podrías recurrir si los necesitaras es, en sí mismo, una forma de cuidarte.
La autonomía también se construye en pareja
Con los años también entendí que la autonomía no depende solamente de lo que haga con mi dinero. Importa, además, la relación que construyo con la persona con quien decidí compartir mi vida. En mi caso, ambos sabemos cuánto ganamos, dividimos los gastos de la manera que funciona para nosotros, tenemos nuestras propias cuentas de ahorro y tomamos muchas decisiones económicas en conjunto. Pero compartir una vida tampoco significa pedir permiso para todo.
Cada quien puede gastar responsablemente su dinero en lo que quiere, siempre bajo el acuerdo de no perjudicar nuestros objetivos comunes. Hay decisiones que platicamos y otras que cada quien puede tomar por su cuenta. Y cuando uno decide comprar algo que quería, el otro genuinamente puede alegrarse por ello.
Al mismo tiempo, tener ahorros propios no significa levantar un muro entre nosotros. Si queremos hacer un gasto importante o alguno necesita apoyo, sabemos que contamos el uno con el otro. Para mí ahí está el equilibrio, poder construir algo propio sin dejar de construir algo con la persona que amo.
Poder sola no significa hacerlo todo sola
He aprendido que es fácil confundir la autonomía con tener que demostrar que puedes con todo. Para mí es importante saber que puedo sostenerme, trabajar, tener mis propios recursos y tomar decisiones sin que mi bienestar dependa por completo de alguien más. Pero no quiero que esa capacidad se convierta en la exigencia de no necesitar nunca a nadie.
Hay tranquilidad en saber que puedes sostenerte por ti misma, pero hay valor en construir relaciones en las que puedes permitir que alguien te sostenga cuando lo necesitas. La diferencia, como te decía al inicio, está en poder elegir.
Lo que hoy quiero para mí
Por ahora, me quedo con la satisfacción de construir poco a poco, saber dónde estoy parada y tener mis propios recursos para tomar decisiones, sin que eso signifique dejar de compartir o hacer equipo.
No sé qué vaya a cambiar con los años, pero sí quiero seguir teniendo herramientas para decidir qué hacer ante lo que venga. Al final, eso es lo que todas estas historias, de maneras muy distintas, me han enseñado a querer para mí una autonomía que me permita elegir.
¿Y a ti? ¿Qué te han enseñado las historias de las mujeres a tu alrededor?
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