Comprar no me hace sentir culpable, y creo que debería

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Soy capaz de justificar la compra de lo que sea. De verdad. Lo-que-sea. Hace unas semanas le compré a Foster, mi mascota, un comedero de 80 euros, 1460 pesos aprox, (más no-les-quiero-decir-cuánto de envío), elevado, de madera y estilo mid-century, todo porque Madonna, su mejor amiga, se había comido la versión anterior: un plato de plástico que habíamos comprado en un “chino” por 2 euros cuando recién llegamos a España. 

¿Mi excusa? Combina con la mesa de centro del comedor, le va a durar toda la vida y evita que sus cervicales sientan tensión cuando come o toma agua. 

Una de dos: o tengo la mascota más aburguesada del mundo o me llamo Ana Paulina y carezco de la parte del cerebro en la que se crea la culpa por comprar cosas que no necesito. O, bueno, las dos.

No siempre fue así. De hecho, por un tiempo fui exactamente lo opuesto: alguien que se sentía culpable hasta por los gastos necesarios, como comida o visitas al médico. En algún punto tuve un rebote tal que ahora calculo que para estimular mi central de culpabilidad tendría que comprar algo con el dinero de la renta el día que la tuviera que pagar y sin dejar un centavo. Y aún así, tengo mis dudas.

Pero lo importante aquí no es ni mi clara patología, ni lo consentida que está Foster, ni si de verdad necesito las cosas que compro. Se trata de que yo entienda –y entendamos, todas– que el autocuidado no es darnos todos los caprichos.

Está muy, muy de moda decir “está bien, te lo mereces”, y la verdad es que casi siempre es cierto… la vida es demasiado difícil y corta como para vivir sin eso que tanto tienes ganas de tener. Pero, de vez en cuando, lo realmente mejor para nosotros, y lo que en verdad nos merecemos, es postergar la decisión, aguantar las ganas y cuidar nuestras carteras.

¿Nos merecemos toda esa ropa? Definitivamente. ¿Nos merecemos esa salida a comer? Sin duda alguna. Pero el límite de nuestra libertad para comprar está en el respeto a nuestro derecho a estar tranquilas y eso, a veces, también implica dejar que nuestras carteras lo estén.

Por lo pronto, enfoquémonos en lo importante: las cervicales de Foster están mejor que nunca... y mis tarjetas de crédito también. Más o menos. 

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