Presupuestando mi vida social

Presupuesto
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El año pasado, mi presupuesto era una obra de arte...al menos en el Excel. Pero al final de cada mes, los números simplemente no cuadraban. Me puse a revisar mis estados de cuenta y descubrí al culpable: mi vida social.

Cometí un error típico, presupuestar para una versión de mí que no existe: una persona que nunca sale, que no celebra cumpleaños y que siempre dice "no" a los planes improvisados. Básicamente, me mentí a mí misma.

Mi error fue tratar mis salidas como si fueran un accidente y no como el gasto recurrente que realmente es. Me la pasaba de lunes a jueves jurando que el fin de semana me quedaría encerrada, para terminar el sábado pagando una cuenta dividida donde, para colmo, terminé financiando los drinks de alguien más. 

No tener un rubro específico para la vida social me hacía creer que tenía más dinero disponible del que realmente había, lo que me llevaba a usar la tarjeta de crédito como un salvavidas para eventos que, sinceramente, eran totalmente predecibles como un cumpleaños o una cena de viernes.

Entendí que el problema no era cuánto gastaba, sino la culpa que sentía después. Me di cuenta de que si no planificas la diversión, la terminas pagando con estrés. 

Fue entonces cuando acepté que prefería mil veces ajustar mis otros gastos antes que seguir viviendo con el miedo de si me iba a alcanzar para el fin de semana. Así que dejé de ver mi vida social como un 'extra' y la acepté como lo que es: un gasto recurrente que merece su propio espacio en mi planeación.

Entonces ¿cómo lo voy a hacer diferente este año? 

No voy a dejar de salir, pero sí voy a hacerlo con más consciencia. Lo primero fue asignar lo que yo llamo una "cuota de felicidad" fija. En lugar de ver qué sobra, ya tengo un monto destinado a salidas; si me lo gasto todo en la segunda semana, pues ni modo, me toca proponer "peli en mi casa" el resto del mes. 

También me puse más selectiva con mis "SÍ". Aprendí que no todos los planes valen el tarjetazo, así que ahora guardo mi energía (y mi dinero) para lo que de verdad importa.

A fin de cuentas, un presupuesto honesto le gana mil veces a uno perfecto. El año pasado mi error fue ignorar que tengo una vida fuera del trabajo; este año, mi vida social ya tiene su lugar en mi Excel. Presupuestar no es para amarrarme las manos, es para darme permiso de disfrutar sin sentir ese mini-infarto cuando abro la app del banco el lunes por la mañana.

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